PENSAMIENTO

Lo que cuesta equivocarse

POR Churaragi·12 OCT 2026

No se trata de pensar o de actuar, sino de saber cuánto cuesta equivocarse.

Casi todos, en algún momento, hemos querido tomar decisiones sin arrepentirnos después: elegir en el momento correcto, pensar rápido y no quedarnos dándole vueltas a cuál de las opciones era la mejor. Lo que más pesa no es equivocarse, sino terminar viviendo dentro del “qué pasaría si”: qué habría pasado si hubiera tomado esa decisión en ese momento, qué habría pasado si hubiera dicho lo que callé.

Y ahí aparece la pregunta que no termina de resolverse: ¿la vida se trata solo de decisiones espontáneas, o es necesario pensar antes de actuar? Y si es necesario, ¿qué tanto?

Pensemos en conducir. Cuando algo se cruza de repente en la vía, no hay tiempo de analizar nada, y el reflejo de frenar puede salvar una vida. Pero ese mismo impulso, aplicado a girar el volante de golpe en plena curva, puede acabar con ella. Es la misma rapidez y la misma falta de cálculo, con resultados opuestos. Lo que cambia no es la espontaneidad, sino el momento en el que se usa.

Con las palabras pasa igual. Decirle a alguien que lo quieres, pedir perdón o agradecer cuando el impulso llega puede ser lo mejor que hagas en la semana, porque hay cosas que pierden valor si se piensan demasiado. En cambio, responder con rabia, renunciar a un trabajo en medio de una discusión o gastar los ahorros por la emoción del momento son decisiones que se sienten valientes mientras se toman y se ven muy distintas cuando pasa la emoción.

Y es que no es lo mismo lanzarse a un río que ya conoces que a uno cuya profundidad ignoras. Quizás salga bien, pero si sale mal, no hay forma de devolver el salto. Por eso creo que la pregunta útil no es si conviene pensar o actuar, sino qué tanto cuesta equivocarse. Si el error se puede corregir, lanzarse tiene sentido. Si no se puede, vale la pena detenerse un momento, aunque sea corto.

Tampoco podemos quedarnos en la incertidumbre esperando la certeza perfecta, porque pensar de más también es una forma de no decidir, y a veces la más cómoda. Pero tirarnos de cabeza sin mirar tampoco es valentía, es azar.

Tal vez no exista una medida exacta, y lo único que nos queda es aprender a reconocer cuándo una decisión pide más tiempo y cuándo ya tuvo suficiente. Medir el costo no garantiza acertar, pero sí nos permite saber que decidimos con lo que teníamos. Al final, no se trata de elegir bien siempre, sino de poder vivir en paz con lo que elegimos.

Entonces, la próxima vez que tengas que decidir, ¿qué pesa más: el miedo a equivocarte o el miedo a quedarte con el “qué pasaría si”?

Reseñas, pensamientos, fotografía y música.

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